¿Qué no es lenguaje?

No debemos confundir el lenguaje con:

1.- El lenguaje escrito.

A diferencia del lenguaje hablado, que se encuentra en todas las culturas humanas a lo largo de la historia, la escritura fue inventada muy pocas veces en la historia del hombre, desde hace unos 5000 años. Y la escritura alfabética, en la que cada marca representa una vocal o una consonante, parece haber sido creada sólo una vez en toda la historia humana por los Cananeos, hace unos 3700 años atrás. Y, como nos dijo Darwin, los niños no tienen tendencia instintiva a escribir, sino que deben aprenderla por medio de instrucción y educación.

2.- El pensamiento.

Mucha gente dice pensar en una lengua, pero la psicología cognitiva ha mostrado que existen muchas formas de pensamiento, que, en efecto, no tienen lugar en forma de oraciones.

Por ejemplo, sabemos que los bebés, antes de haber aprendido el habla, poseen sofisticados tipos de cognición; manifiestan causa y efecto, así como las intenciones de otras personas, todo esto sin el beneficio del habla.

También sabemos que incluso en criaturas que poseen lenguaje, esto es, los adultos, gran parte del pensamiento acontece fuera del lenguaje. Por ejemplo, las imágenes mentales visuales. Si mirásemos distintas figuras tridimensionales en forma de cuadrados y rotadas y nos preguntásen cuáles son iguales o diferentes usaríamos el pensamiento más que el lenguaje para poder resolverlo.    No lo resolverían describiendo la forma de esas sucesiones de cubos con palabras, sino tomando la imagen de una de ellas y rotándola mentalmente hasta obtener la orientación de la otra: una forma de pensamiento no lingüístico.

Vemos que el lenguaje es otra cosa. Incluso, aún cuando se llega a comprender una frase, las palabras en sí sólo son la punta de un gran iceberg de un rápido proceso inconsciente no lingüístico, necesario justamente para llegar al sentido del lenguaje en sí.

Por ejemplo, imagínese que está leyendo las líneas de una botella de champú. “Humedezca el cabello, masajee, enjuague y repita”. Para entender ese trozo tan simple de lenguaje, se debe saber, por ejemplo, que cuando se repite el procedimiento no hay que humedecer el cabello por segunda vez, pues ya está húmedo, y al llegar al final, puesto que dice “repita”, no debe seguir repitiendo infinitamente, aquí repetir significa “repita una sola vez”. Ese conocimiento tácito, es necesario para entender el lenguaje, pero él como tal no es lenguaje.

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¿Qué implica «estar consciente»?

Debemos distinguir dos términos dentro de la consciencia: uno es “estar consciente” y otro es “ser consciente”.

1.- El “estar consciente” hace referencia, al estado mental necesario para poder reaccionar al mundo que nos rodea,  al hecho de estar despierto, mantener un contenido psíquico adecuado a la situación y responder a los estímulos del medio. 

2.- El “ser consciente” es un estado de la mente que consiste en “darse cuenta” de cosas que pasan en ella, aunque no de todo lo que pasa en ella. Es aquello que perdemos cuando nos dormimos o nos anestesian. Es un estado de la mente necesario para comprender el mundo que nos rodea. Podemos ser conscientes sin llegar a prestar atención a nada de lo que nos rodea, como por ejemplo cuando descansamos con los ojos cerrados sin llegar a dormirnos.

1.-“Estar consciente”. ¿Qué ocurre con la consciencia tras una lesión cerebral?:

Hay 3 cualidades que nos permite reconocer a una persona como consciente: a) la capacidad de estar despierto, b) el contenido psíquico y c) la capacidad de respuesta a los estímulos del medio.

a) El estar despierto es una condición necesaria para que los estímulos sensoriales y sensitivos puedan llegar a ser percibidos conscientemente. Sin embargo, no es una condición suficiente, ya que el hecho de estar despierto no indica que se esté consciente, como ocurre con algunos pacientes tras un periodo de coma o bajo anestesia.

b) En lo referente al contenido psíquico, cada uno de nosotros nos reconocemos en una identidad.

Tenemos un nombre, edad, profesión o actividad, relaciones familiares, y una biografía. Sabemos nuestra edad, fecha de nacimiento, acontecimientos personales, aniversarios, enfermedades, a todo ello se le llama orientación personal o autopsíquica.

También cada individuo tiene noción del tiempo, fecha, hora en que estamos viviendo, así como del lugar geográfico en que se encuentra. Estos aspectos constituyen la orientación temporo-espacial o alopsíquica.

Un contenido psíquico adecuado se expresa en una conducta apropiada al momento y las circunstancias. Es una situación normal que tras despertar de un coma, el paciente muestre dificultades para orientarse e incluso reconocerse. Hablaremos más adelante de ello.

c) En tercer lugar, se encuentra la reactividad a estímulos.

Somos conscientes cuando además somos capaces de responder a estímulos sensoriales y somatosensitivos de una intensidad similar.

Digamos, entonces que “estar consciente” es la condición normal de una persona despierta, que en este estado es receptiva a estímulos y que su conducta y lenguaje manifiestan un nivel de percepción de sí mismo y del entorno similar al examinador.

 

Tras una lesión cerebral suelen aparecer diferentes alteraciones de consciencia. Cuando una persona ingresa en un hospital tras una lesión cerebral se suele aplicar una escala para dar cuenta del grado de consciencia con el cuál ingresa esa persona.

La escala es la denominada Escala de Glasgow, donde se valoran distintos parámetros: apertura ocular, respuesta motora y respuesta verbal, que va de 0 a 15.

 Después de algún tiempo, la persona recobrará la consciencia aunque presentará las deficiencias neurológicas de acuerdo a la lesión que haya sufrido. Si la lesión es muy extensa y afecta en forma importante a los componentes de la consciencia, el paciente no podrá recuperar la consciencia, encontrándose en un estado que llamamos “estado vegetativo”.

 

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¿Cómo entra la información en el cerebro? Caso clínico

¿Por qué hemos de estudiar cómo entra la información en el cerebro cuando lo que de verdad nos interesa es qué le pasa después? Porque la manera en la que entra la información en el cerebro afecta a su estado final tanto como cualquier otra fase de la cognición.

            Saber cómo vemos, oímos, tocamos, olemos e incluso saboreamos el mundo puede decirnos mucho de cómo funcionamos en él.

            A su vez, la experiencia tiñe la percepción. Una vez que se ha tenido una experiencia no se es la misma persona que antes de tenerla. Pensemos por ejemplo en las personas que han pasado por una situación traumática, como un accidente de tráfico.

            La percepción es mucho más que una mera captación de estímulos procedentes del exterior. Es un factor de suma importancia en el desarrollo de la personalidad. Incluso el menor problema continuo de la percepción puede dar lugar a una serie de acontecimientos que acaben creando una vida psicológicamente traumática.

            Al fin y al cabo podemos tener conocimiento de si vemos, oímos, sentimos,…, pero esa percepción ¿es la misma en otra persona que está viendo, oyendo, sintiendo,… el mismo estímulo? ¿Y esa percepción que puede ser diferente en ambos, se debe a las distintas experiencias o a un fallo en los sentidos? Por ello, se debe conocer cómo captamos los estímulos y cómo funcionamos posteriormente con el resultado del mismo.

            Vamos con un ejemplo, imaginémonos que desde pequeños hemos tenido problemas académicos porque leer, escribir y las matemáticas nos llevasen mucho tiempo. Nos hacen pruebas de vista y audición y es normal, incluso nuestra capacidad intelectual es normal. Como todas las pruebas que nos hacen son normales, no ven explicación acerca de lo que nos pasa y nos proporcionan clases de apoyo porque no podemos seguir el curso de la clase ordinaria. Posteriormente, a medida que vamos creciendo mostramos dificultades en otras tareas de nuestra vida diaria, lo que repercute en el desarrollo de nuestra personalidad y contacto social. En el inicio de la madurez, de pronto un estudio realizado, en el que se valora cómo los ojos colaboran para ver, nos informa de que tenemos una dificultad para percibir adecuadamente la profundidad de los objetos, y nos enseña cómo educarlos o adaptarnos. Esto que puede parecer obvio no lo es tanto ya que el estudio de la vista o la audición no conlleva la comprensión de cómo captamos el mundo, nos informa de si nuestros órganos de los sentidos están en perfectas condiciones, no de si son capaces de percibir o no adecuadamente.

            Esta situación que puede parecer inverosímil le ocurrió realmente a una persona. Es la historia de Rickie.

El padre de Rickie recuerda un extraño incidente que tuvo lugar cuando su hija, de 45 años hoy, solo tenía 3. Estaban ante una gigantesca ventana panorámica, mirando un bosque. De pronto, Rickie se puso a temblar. Apretó las manos de su padre y se quedó prácticamente paralizada, con un susto de muerte. “¡ Los árboles están entrando en la casa!. ¡Todos se vienen aquí!.

            Su padre se quedó de una pieza con el extraño comportamiento de Rickie, pero sólo tenía 3 años, y los niños pequeños, ciertamente, tienen sus momentos. No le dio importancia. Pero fue una circunstancia definitoria, que arrojaría a Rickie a una vida atormentada, aunque en aquel tiempo ni ella ni su padre lo supiesen.

            Se cuenta el sufrimiento de los 20 años siguientes de su vida en un libro publicado en 1990, “Rickie”, de Frederic Flach, investigador psiquiátrico.

            Cuando llegó a tercero de primaria oyó a los maestros hablando a sus espaldas: “Vamos a tener que ponerla con los chicos especiales”. Rickie no lo entendía, le gustaban las clases, aunque leer, escribir y las matemáticas le llevaban mucho tiempo. Los padres de Rickie la llevaron a que le hicieran pruebas. Su vista y su audición eran buenas. Sus capacidades cognoscitivas eran del todo normales. Era un misterio para sus maestros, pero un misterio que no exploraron más. La pusieron con otros chicos que tenían dificultades para aprender porque no podía seguir el paso de una clase ordinaria.

            A medida que crecía fue desconcertándose a sí misma. A veces todo y todos parecían estar muy lejos. Se sentía como si estuviese sentada dentro de una caja cerrada y viese las cosas “por un agujero”. Pero no se lo contaba a nadie; ya entonces todos pensaban que era extraña, y ciertamente no quería decir algo que hiciese que pareciera aún más “rarita”.

            Su abuelo, el único adulto que no la juzgaba, murió, lo que la hizo caer de la tristeza a la desesperación. La ingresaron en un hospital psiquiátrico a los 13 años. Primero le diagnosticaron un autismo leve y luego la consideraron un caso fronterizo con la esquizofrenia.

            Durante 10 años entró y salió de hospitales para enfermos mentales.

            A los 23 años hicieron que la visitara Melvin Kaplan, un optometrista del desarrollo (alguien que se especializa no en cómo trabajan por su cuenta los ojos, sino en cómo colaboran con el cerebro). Durante una prueba le pidió a Rickie que centrase la vista en un objeto. Se quedó mirándolo durante un minuto aproximadamente, y apartó la vista. Kaplan le preguntó “Cuando miras a algo, ¿cuánto tiempo permanece la imagen?”, ¿permanece o desaparece, se esfuma?”

“Permanece. Quiero decir que puedo hacer que permanezca.”

“¿Qué pasa cuando me miras?”

“Bueno, si lo miro durante un minuto más o menos, empieza a desaparecer. Pero si pongo mi fuerza de voluntad en ello, puedo seguir viéndolo mucho tiempo.”

“¿Y qué pasa con las demás cosas que hay en la habitación?”

“Al principio las veo, y a usted. Luego, cuando me concentro más en verle, se van oscureciendo y oscureciendo, hasta que no las veo en absoluto”.

Kaplan expresó su sorpresa.

“¿Es que no ve todo el mundo así?” preguntó Rickie.

Tras nuevas pruebas, Kaplan concluyó que Rickie no podía mantener una imagen visual más de un minuto sin que lo demás empezase a desaparecer. Tenía que juntar toda la energía de su cerebro para seguir viendo. Ningún examen ocular rutinario habría revelado este problema.

Junto, Kaplan y un grupo de psicólogos emprendieron la ardua tarea de recrear las experiencias de Rickie partiendo de su infancia. Rickie había estado luchando con un grave problema visual que probablemente se manifestó cuando tenía tres años, una señal temprana de lo que sería el derrumbamiento final de su percepción de la profundidad. Puede que Rickie haya tenido problemas con su estado de ánimo, pero la terrible secuencia de sucesos que casi la conducen al suicidio podría haberse evitado con la detección y el conocimiento adecuado de un problema que, en un principio, era puramente perceptivo.

Una vez se hizo el diagnóstico correcto, Rickie emprendió un largo camino hacia la recuperación. El doctor Kaplan tenía presentes los muchos estudios en los que los individuos que llevaban durante horas unas gafas que ponían todo cabeza abajo seguían viendo así, una vez se las quitaban, durante unas horas más antes de recuperar la visión normal. Pasadas unas horas de distorsión, sus cerebros se estaban adaptando ya a la nueva realidad y se aferraban a ella durante un rato antes de volver a lo que habían aprendido en todos los años anteriores. Investigaciones recientes muestran que el cerebro visual puede reorganizarse en aspectos menores en solo treinta minutos.

Kaplan puso a Rickie un par de gafas especiales, con las que pudo centrarse en un objeto durante periodos más y más largos sin que la imagen se descompusiese o la arrastrase a ver como en un túnel. La joven tuvo que entrenar su cerebro con las gafas durante meses, siguiendo contornos y objetos en movimiento, durante periodos más y más largos hasta que se acostumbró a las nuevas imágenes y pudo procesar su visión como debía. Pasados seis meses, el cerebro de Rickie se corrigió a sí mismo y ella ya no necesitó las gafas: había enseñado a su cerebro a ver.

La odisea de Rickie muestra que la percepción es mucho más que captar simplemente estímulos del mundo exterior. Es un factor enorme del desarrollo de la personalidad. Hasta el menor problema con la percepción puede llevar a una cascada de cambios en la vida psicológica de una persona. A veces, por mucho esfuerzo que se haga, un niño o un adulto con un problema que no se ha diagnosticado no podrán aprender qué les hace falta para seguir el ritmo de sus compañeros, y la vulnerable sensación de uno mismo quedará dañada para siempre.

 

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La importancia del lenguaje

Uno de los rasgos más distintivos de la especie humana es la capacidad que tenemos de contarnos historias desde el pasado remoto o de un futuro incierto. Los padres que les  narran a sus hijos cuentos antes de irse a dormir, inventan fantásticos universos que los pequeños imaginan. Esos universos imaginarios están hechos de palabras, signos lingüísticos que combinados conforman el lenguaje humano.

Ese lenguaje es el mismo que además avisa a la ambulancia si se produjo un accidente y salva de esa manera una vida, comunica simples noticias de la vida cotidiana, otras son fundamentales informaciones para la sociedad, enamora con mensajes románticos, o hiere cuando demuestra rencor.

No debe sorprendernos que el lenguaje sea el centro de la vida humana. El hombre puede conquistar grandes cometidos, porque es capaz de intercambiar información sobre sus conocimientos e intenciones a través del medio lingüístico.

Es la característica que más evidentemente diferencia al ser humano de otras especies. Es esencial para la cooperación humana; realizamos cosas sorprendentes compartiendo nuestro conocimiento, o coordinando nuestras acciones por medio de la palabra.

El lenguaje humano es intencional, tenemos un control absoluto de lo que queremos decir, por medio de infinitos mensajes, usando finitos elementos como los signos lingüísticos y las reglas de combinación, tenemos la capacidad de hablar sobre objetos o cosas no presentes (hablar sobre lo que hice ayer o lo que haré mañana), un adulto normal conoce alrededor de 50.000 palabras pero sólo puede pronunciar 3 por segundo.

El lenguaje es algo que nos hace humanos, que no compartimos con otras especies, cuya característica fundamental es que somos creativos, podemos decir siempre lo que queremos, cómo queremos cuando queremos y además podemos entender todo lo que nos dicen incluso cuando nunca antes hayamos escuchado esa oración.

El lenguaje se ha vuelto tan natural en nosotros, que hasta olvidamos lo extraño y milagroso que encierra este don.

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¿Qué mantiene a nuestro motor en marcha?

La experiencia humana empieza con la información acerca del mundo que fluye a través de nuestros sentidos, pero depende de cómo esa información se combine con los estados internos para producir la acción. El sistema motor se extiende por el cuerpo, de las neuronas de la médula espinal a las neuronas del tronco cerebral y la corteza motriz.

            Muchas de las estructuras internas que participan en el movimiento están en las profundidades del cerebro. Las estructuras y las funciones se solapan. A veces ni siquiera se consulta al cerebro; es lo que llamamos reflejos. Pero en otros, por ejemplo en el caso de tropezar mientras se camina entonces se convocará a una multitud de circuitos cerebrales que mandan en el equilibrio y la postura. Otros estímulos ponen en marcha secuencias de movimientos que se han aprendido antes.

            Para sobrevivir es esencial que se adquieran numerosos repertorios de acciones automáticas. Imagínese lo siguiente: suena el despertador, se despierta y tiene que decirle al cuerpo cómo ha de rotar y levantar el brazo, hasta dónde debe extenderlo, cómo ha de moverse el dedo índice, cuánta presión ha de aplicar, y todo eso sólo para que deje de sonar. Luego tendría que dar conscientemente instrucciones de cómo mover sus cuatro extremidades de manera coordinada para salir de la cama y levantarse (con múltiples pasos intermedios). Tendría que concentrarse muchísimo, como hacen los niños de un año, para no hacer otra cosa que poner un pie delante de otro y caminar sin caerse. ¿Ducharse, vestirse, preparar el desayuno, lavarse los dientes, conducir un coche? Olvídelo. Su corteza se vendría abajo con la cantidad de instrucciones motrices.

Si todas las rutinas a las que se recurre cada día a cada hora no se hubiesen automatizado, nunca habríamos ido más allá de las habilidades de un niño. Por ello el movimiento queda totalmente ligado a la cognición.

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Nuestro Cerebro

¿Podemos estar seguros de que lo que sentimos, lo que percibimos, lo que recordamos está en el cerebro? Ahora si, después del estudio de pacientes con lesión cerebral. Pero no es de extrañar que durante mucho tiempo sabios antiguos como Aristóteles creyeran que radicaba en el corazón. A pesar de que en tiempos modernos hemos abrazado sin vacilación la preeminiencia del cerebro sobre el corazón, la lengua cotidiana sigue mostrando cierta ambivalencia acerca de esa elección. Por eso, solemos referirnos a un fracaso amoroso como que nos “rompe el corazón”; los cupidos que ilustran las tarjetas del día de San Valentín continúan atravesando con sus flechas corazones, no cerebros.

Si no supiéramos nada o casi nada sobre las funciones del cerebro, nosotros mismos podríamos cometer el mismo error, ya que no existen señales que nos indiquen que es el cerebro y no otro órgano de nuestro cuerpo el que piensa.

Partimos ya entonces de una dificultad añadida para poder llegar a conocernos a nosotros mismos. ¿Cómo es posible que de un órgano como el cerebro se genere algo tan aparentemente inmaterial, subjetivo y complejo como es la mente humana? Es el propio ser humano el único que puede dar respuesta a ello desde su propia experiencia para llegar a comprender su propio funcionamiento y llegar a saberlo todo sobre sí mismo.

Poseemos el órgano más complejo del universo: nuestro cerebro. Tanto es así que contiene más neuronas que estrellas en la galaxia y es el responsable de todas nuestras acciones.

 Para ello debemos partir de La Consciencia. El término consciencia es uno de los términos más difíciles de definir, pero sí hay muchas cosas que sabemos acerca de la consciencia.

Podemos usar una analogía para comprender mejor qué se entiende por consciencia. Pensemos en una orquesta sinfónica.

En cualquier momento el cerebro está recibiendo y generando todo tipo de señales. Como los músicos que afinan ante el público, las señales son constantes, pero aleatorias. No obstante, cuando el director golpea la batuta en el atril, los músicos prestan de pronto atención. Cuando marca el primer tiempo, crean súbitamente señales con una armonía maravillosa. Los músicos, al cooperar, crean consciencia.

Puede constatarse esta analogía con experiencias que nos son familiares. Cuando dormimos, el director descansa. Sin su dirección, algunos músicos dejan de tocar: la vista y la razón se desconectan. Otros siguen tocando suavemente en el fondo: la respiración y digestión. De vez en cuando, sin embargo, algunos músicos tocan unas notas al azar que durante breves lapsos suenan como algo parecido a una canción: los sueños. Pero sin el director la canción se descompone enseguida.

¿Y si alguien se queda inconsciente al caerse y darse un golpe en la cabeza? El golpe conmociona físicamente al director y a los músicos, y les es imposible emitir las notas correctas o coordinarse. La canción se para hasta que el director y los músicos pueden restaurar el orden y proseguir lo que estaban haciendo.

Unas lesiones demasiado graves por un mal golpe pueden dejar a una persona en estado de coma. En ese caso los músicos están heridos y no pueden arreglarse para tocar de nuevo. Si son bastantes los heridos, la orquesta no podrá hacer que suene la canción. Solo si se curan –o si los sustituyen otros músicos- podrán volver en sí.

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Pensar sobre el pensamiento

¿Qué nos hace avanzar? ¿Qué ocurre en nuestro cerebro para que no seamos solamente un ser al que le llega una información mediante los sentidos y es capaz de responder a los mismos? ¿Qué hace que seamos capaces de inventar, construir nuevas formas de vivir, de crear artilugios nuevos con un fin concreto? ¿Qué necesitamos para, por ejemplo, haber inventado el coche, o incluso la rueda? ¿Qué hace que innovemos y seamos capaces de crear nuevos platos de comida? ¿Cómo resolvemos los problemas que se nos presentan, cómo tomamos decisiones acordes con las situaciones? ¿Qué hace nuestro cerebro para ello?

Para ello necesitamos del pensamiento. El ser humano es un ser pensante. El pensamiento implica una actividad global del sistema cognitivo con intervención de los mecanismos de memoria, atención, procesos de comprensión, aprendizaje, etc. Es una experiencia interna.

Nuestro pensamiento está evolucionando constantemente. Imaginémonos por un momento cómo sería nuestro pensamiento si no hubiese lenguaje. Estudios llevados a cabo con sujetos analfabetos que vivían en comunidades primitivas, tenían una actividad cognitiva limitada a su experiencia personal y directa (un pensamiento práctico). Al ser alfabetizados pudieron acceder a un pensamiento abstracto lo que reestructuró todas sus funciones cerebrales superiores.

Imaginemos ahora cómo era nuestro pensamiento y cómo evolucionó desde nuestro nacimiento y cómo será el pensamiento de nuestros hijos, que han nacido en una era más tecnológica, con avances a todos los niveles. Es decir, el lenguaje, la historia y la cultura influyen en el pensamiento y en cómo se estructuran las funciones cerebrales superiores. El avance continúa y continuará.

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Las emociones en nuestro día a día

¿Nos hemos percatado alguna vez de la cantidad de estados emocionales que podemos experimentar en un día? Imagínese que se acaba de despertar y siente el placer del café que se va a tomar, luego puede llegar a enfadarse porque ha perdido el autobús que le lleva al trabajo. Siente cierto miedo tras un sobresalto por el ladrido de un perro. Muestra tensión al recordar lo que tiene de tarea para el día. Y se muestra molesto porque recuerda que no felicitó a su amigo ayer al salir del trabajo.

            Algunas emociones nos absorben por completo, otras, sin embargo, parecen encontrarse en un segundo plano. Algunas son horribles y otras placenteras. Pero todas van y vienen, sin que aparentemente podamos hacer nada, ¿o si?

            ¿Qué papel juegan las emociones en nuestra capacidad de desenvolvimiento?, ¿Hay emociones buenas y malas?, ¿Son innatas nuestras emociones?, ¿Cuántas emociones hay?, ¿Pueden verse alteradas por daños cerebrales?

Las emociones existen hace millones de años simplemente porque han resultado útiles para la supervivencia. Vivir sin ellas es una sentencia de muerte y la ciencia lo comprende cada vez mejor.

Cuando una persona es demasiado emotiva, cuando no puede controlar sus emociones, lo va a pasar mal y los demás lo van a pasar mal con él. Cuando una persona no tiene emociones, lo va a pasar mal también y los demás lo van a pasar mal con él. Y cuando las emociones que expresa una persona no son coherentes con la situación, puede conllevar a dificultades de relaciones sociales. Las emociones están al comienzo de todo, sin emoción no hay nada.

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Qué implica la memoria

¿Qué se entiende por memoria? ¿Por qué tenemos miedo a perderla? ¿Cómo nos afectaría? Se ha hablado mucho de la memoria, y principalmente tras el estudio de pacientes que sufren algún tipo de demencia, donde su rasgo más característico o sobresaliente es una falta de memoria. Sabemos actualmente lo que conlleva esta situación: una pérdida de quienes somos, de nuestros recuerdos, de nuestras vivencias, e incluso de nuestro presente y nuestro futuro.

        El ser humano y sus experiencias quedan resumidos día a día en la memoria no sólo de la persona sino de las personas que hay en un determinado contexto, es decir, no es atrevido afirmar que somos nuestra memoria y la memoria de aquellas personas que nos conocen.

       La memoria implica palabras o vocablos tales como almacenar, recordar, retener o evocar, entre otros. Constituye un proceso básico para la adaptación del ser humano al mundo que lo rodea.

      La memoria es parte importante de nosotros mismos. ¿Cómo podríamos describirnos a nosotros mismos si no tuviésemos recuerdos de nuestra infancia, juventud, nuestro primer trabajo,…, nuestros gustos y aficiones, nuestros conocimientos, nuestras experiencias?

            Nuestra memoria permite construirnos una personalidad, una identidad integrando los episodios de nuestra historia personal. Gracias a que tenemos esta capacidad de recordar las experiencias pasadas, podemos adaptarnos al presente y anticipar el futuro. Es por eso por lo que tememos que falle, porque nos inspira el miedo a una senilidad precoz o a otras afecciones graves que nos privarían de nuestras facultades de adaptación.

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La importancia del movimiento en la comunicación

Si de repente notamos que tenemos cierta dificultad para mover una parte de nuestro cuerpo o si experimentamos dificultades para expresarnos verbalmente o comprender lo que nos están diciendo, necesitamos ayuda médica urgente, ya que son los síntomas típicos de que estamos sufriendo un daño cerebral.

 En días anteriores hablamos del movimiento, y el mismo es parte esencial para un buen funcionamiento del lenguaje y la comunicación. Mucho antes de que los niños empiecen a hablar éstos ya dominan el uso del contacto visual, las expresiones faciales y la gesticulación para comunicarse.

Se sabe que los niños hacen ciertos gestos antes de que puedan decir las palabras correspondientes. Un niño dice adiós con las manos y menea la cabeza para decir no antes de que diga las palabras “adiós” o “no”. Por lo tanto, la necesidad de comunicación aparece antes que el propio lenguaje expresado.

Ante dos informaciones contradictorias, por ejemplo, un gesto que significa que nos acerquemos y una información verbal que nos dice que no nos acerquemos, tendemos a hacer caso al gesto en un primer momento. También nos sentimos confusos cuando viajamos y vemos gestos que son contrarios en significado a lo que estamos acostumbrados (por ejemplo cuando el movimiento de cabeza de arriba abajo significa un “no”, y no el “si” al que estamos acostumbrados). Los gestos son importantes para la comunicación. Y estos gestos pueden verse alterados por problemas del movimiento (ciertas apraxias, como veremos cuando profundicemos en el movimiento).

Pero la relación entre el movimiento y la comunicación no acaba aquí, ya que es necesaria una adecuada capacidad motriz para el habla. Las dificultades de comunicación como ciertos casos de tartamudez proceden de ahí. Las secuencias complejas de movimientos del rostro, la lengua y la laringe requieren que se seleccionen movimientos muy precisos. En ocasiones, los pacientes presentan lo que se ha dado en denominar una disartria, un trastorno motor del habla que dificulta el uso o control de los músculos de la boca, la lengua, la laringe o las cuerdas vocales.

La disartria ocasiona problemas para producir ciertos sonidos o palabras. Su capacidad para expresarse se encuentra reducida mostrando una mala pronunciación, o cambios en el ritmo o velocidad del habla. Pueden tener dificultades para controlar la saliva y tener problemas para masticar y deglutir, pudiendo costarles mucho el movimiento de los labios, la lengua o la mandíbula.

Por otro lado, el movimiento también es clave en la capacidad de escritura, como veremos en un caso visto en consulta.

            Seguimos constatando cómo una mínima alteración en una parte de nuestro cerebro puede afectar a nuestro desenvolvimiento en distintas situaciones. De cómo el movimiento es necesario tanto para desplazarnos como para hablar o escribir. El cerebro es un todo.

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