¿Cómo entra la información en el cerebro? Caso clínico

¿Por qué hemos de estudiar cómo entra la información en el cerebro cuando lo que de verdad nos interesa es qué le pasa después? Porque la manera en la que entra la información en el cerebro afecta a su estado final tanto como cualquier otra fase de la cognición.

            Saber cómo vemos, oímos, tocamos, olemos e incluso saboreamos el mundo puede decirnos mucho de cómo funcionamos en él.

            A su vez, la experiencia tiñe la percepción. Una vez que se ha tenido una experiencia no se es la misma persona que antes de tenerla. Pensemos por ejemplo en las personas que han pasado por una situación traumática, como un accidente de tráfico.

            La percepción es mucho más que una mera captación de estímulos procedentes del exterior. Es un factor de suma importancia en el desarrollo de la personalidad. Incluso el menor problema continuo de la percepción puede dar lugar a una serie de acontecimientos que acaben creando una vida psicológicamente traumática.

            Al fin y al cabo podemos tener conocimiento de si vemos, oímos, sentimos,…, pero esa percepción ¿es la misma en otra persona que está viendo, oyendo, sintiendo,… el mismo estímulo? ¿Y esa percepción que puede ser diferente en ambos, se debe a las distintas experiencias o a un fallo en los sentidos? Por ello, se debe conocer cómo captamos los estímulos y cómo funcionamos posteriormente con el resultado del mismo.

            Vamos con un ejemplo, imaginémonos que desde pequeños hemos tenido problemas académicos porque leer, escribir y las matemáticas nos llevasen mucho tiempo. Nos hacen pruebas de vista y audición y es normal, incluso nuestra capacidad intelectual es normal. Como todas las pruebas que nos hacen son normales, no ven explicación acerca de lo que nos pasa y nos proporcionan clases de apoyo porque no podemos seguir el curso de la clase ordinaria. Posteriormente, a medida que vamos creciendo mostramos dificultades en otras tareas de nuestra vida diaria, lo que repercute en el desarrollo de nuestra personalidad y contacto social. En el inicio de la madurez, de pronto un estudio realizado, en el que se valora cómo los ojos colaboran para ver, nos informa de que tenemos una dificultad para percibir adecuadamente la profundidad de los objetos, y nos enseña cómo educarlos o adaptarnos. Esto que puede parecer obvio no lo es tanto ya que el estudio de la vista o la audición no conlleva la comprensión de cómo captamos el mundo, nos informa de si nuestros órganos de los sentidos están en perfectas condiciones, no de si son capaces de percibir o no adecuadamente.

            Esta situación que puede parecer inverosímil le ocurrió realmente a una persona. Es la historia de Rickie.

El padre de Rickie recuerda un extraño incidente que tuvo lugar cuando su hija, de 45 años hoy, solo tenía 3. Estaban ante una gigantesca ventana panorámica, mirando un bosque. De pronto, Rickie se puso a temblar. Apretó las manos de su padre y se quedó prácticamente paralizada, con un susto de muerte. “¡ Los árboles están entrando en la casa!. ¡Todos se vienen aquí!.

            Su padre se quedó de una pieza con el extraño comportamiento de Rickie, pero sólo tenía 3 años, y los niños pequeños, ciertamente, tienen sus momentos. No le dio importancia. Pero fue una circunstancia definitoria, que arrojaría a Rickie a una vida atormentada, aunque en aquel tiempo ni ella ni su padre lo supiesen.

            Se cuenta el sufrimiento de los 20 años siguientes de su vida en un libro publicado en 1990, “Rickie”, de Frederic Flach, investigador psiquiátrico.

            Cuando llegó a tercero de primaria oyó a los maestros hablando a sus espaldas: “Vamos a tener que ponerla con los chicos especiales”. Rickie no lo entendía, le gustaban las clases, aunque leer, escribir y las matemáticas le llevaban mucho tiempo. Los padres de Rickie la llevaron a que le hicieran pruebas. Su vista y su audición eran buenas. Sus capacidades cognoscitivas eran del todo normales. Era un misterio para sus maestros, pero un misterio que no exploraron más. La pusieron con otros chicos que tenían dificultades para aprender porque no podía seguir el paso de una clase ordinaria.

            A medida que crecía fue desconcertándose a sí misma. A veces todo y todos parecían estar muy lejos. Se sentía como si estuviese sentada dentro de una caja cerrada y viese las cosas “por un agujero”. Pero no se lo contaba a nadie; ya entonces todos pensaban que era extraña, y ciertamente no quería decir algo que hiciese que pareciera aún más “rarita”.

            Su abuelo, el único adulto que no la juzgaba, murió, lo que la hizo caer de la tristeza a la desesperación. La ingresaron en un hospital psiquiátrico a los 13 años. Primero le diagnosticaron un autismo leve y luego la consideraron un caso fronterizo con la esquizofrenia.

            Durante 10 años entró y salió de hospitales para enfermos mentales.

            A los 23 años hicieron que la visitara Melvin Kaplan, un optometrista del desarrollo (alguien que se especializa no en cómo trabajan por su cuenta los ojos, sino en cómo colaboran con el cerebro). Durante una prueba le pidió a Rickie que centrase la vista en un objeto. Se quedó mirándolo durante un minuto aproximadamente, y apartó la vista. Kaplan le preguntó “Cuando miras a algo, ¿cuánto tiempo permanece la imagen?”, ¿permanece o desaparece, se esfuma?”

“Permanece. Quiero decir que puedo hacer que permanezca.”

“¿Qué pasa cuando me miras?”

“Bueno, si lo miro durante un minuto más o menos, empieza a desaparecer. Pero si pongo mi fuerza de voluntad en ello, puedo seguir viéndolo mucho tiempo.”

“¿Y qué pasa con las demás cosas que hay en la habitación?”

“Al principio las veo, y a usted. Luego, cuando me concentro más en verle, se van oscureciendo y oscureciendo, hasta que no las veo en absoluto”.

Kaplan expresó su sorpresa.

“¿Es que no ve todo el mundo así?” preguntó Rickie.

Tras nuevas pruebas, Kaplan concluyó que Rickie no podía mantener una imagen visual más de un minuto sin que lo demás empezase a desaparecer. Tenía que juntar toda la energía de su cerebro para seguir viendo. Ningún examen ocular rutinario habría revelado este problema.

Junto, Kaplan y un grupo de psicólogos emprendieron la ardua tarea de recrear las experiencias de Rickie partiendo de su infancia. Rickie había estado luchando con un grave problema visual que probablemente se manifestó cuando tenía tres años, una señal temprana de lo que sería el derrumbamiento final de su percepción de la profundidad. Puede que Rickie haya tenido problemas con su estado de ánimo, pero la terrible secuencia de sucesos que casi la conducen al suicidio podría haberse evitado con la detección y el conocimiento adecuado de un problema que, en un principio, era puramente perceptivo.

Una vez se hizo el diagnóstico correcto, Rickie emprendió un largo camino hacia la recuperación. El doctor Kaplan tenía presentes los muchos estudios en los que los individuos que llevaban durante horas unas gafas que ponían todo cabeza abajo seguían viendo así, una vez se las quitaban, durante unas horas más antes de recuperar la visión normal. Pasadas unas horas de distorsión, sus cerebros se estaban adaptando ya a la nueva realidad y se aferraban a ella durante un rato antes de volver a lo que habían aprendido en todos los años anteriores. Investigaciones recientes muestran que el cerebro visual puede reorganizarse en aspectos menores en solo treinta minutos.

Kaplan puso a Rickie un par de gafas especiales, con las que pudo centrarse en un objeto durante periodos más y más largos sin que la imagen se descompusiese o la arrastrase a ver como en un túnel. La joven tuvo que entrenar su cerebro con las gafas durante meses, siguiendo contornos y objetos en movimiento, durante periodos más y más largos hasta que se acostumbró a las nuevas imágenes y pudo procesar su visión como debía. Pasados seis meses, el cerebro de Rickie se corrigió a sí mismo y ella ya no necesitó las gafas: había enseñado a su cerebro a ver.

La odisea de Rickie muestra que la percepción es mucho más que captar simplemente estímulos del mundo exterior. Es un factor enorme del desarrollo de la personalidad. Hasta el menor problema con la percepción puede llevar a una cascada de cambios en la vida psicológica de una persona. A veces, por mucho esfuerzo que se haga, un niño o un adulto con un problema que no se ha diagnosticado no podrán aprender qué les hace falta para seguir el ritmo de sus compañeros, y la vulnerable sensación de uno mismo quedará dañada para siempre.

 

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Acerca de Myriam Moral-Rato

Comencé mi andadura en el campo de las Neurociencias en el año 1991 y desde entonces no ha dejado de apasionarme este campo. Quisiera compartir con vosotros la pasión por conocernos a nosotros mismos, por indagar y experimentar qué hace nuestro cerebro para permitirnos desarrollar tantas actividades como nos propongamos. ¿Alguna vez nos hemos parado a pensar qué hace nuestro cerebro para por ejemplo poder leer estas líneas: poder verlas, distinguirlas, leerlas y comprenderlas? ¿Y, qué debe hacer nuestro cerebro para poder recordarlas? El trabajo desempeñado como neuropsicóloga me ha permitido observar los cambios que se generan tanto en la persona que sufre un daño cerebral, como en sus allegados y en su entorno, a todos los niveles. ¿Cómo afectaría a nuestra vida si nuestro cerebro no nos permitiese funcionar adecuadamente: podríamos ir al cine, podríamos conducir, podríamos salir solos de casa, o trabajar y estudiar,…? Y si fuese así, ¿cómo saber qué es lo que falla, como poder solucionarlo o paliarlo, cómo poder mejorar nuestra calidad de vida? ¿Y, cómo pueden ayudarme o comprendernos los demás?
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