¿Cómo interpretamos las emociones?

¿Qué sería de nosotros si no pudiésemos interpretar las emociones en los demás, si no fuésemos capaces de distinguir los cambios en su tono de voz o en los movimientos propios y reconocibles de las personas que están, por ejemplo, enfadadas? ¿Cómo afectaría eso a nuestras relaciones? ¿Qué sería de nosotros si tampoco experimentásemos emociones? ¿Cómo nos afectaría a la hora de comunicarnos?

* Se sabe que las expresiones faciales son universales, son las mismas en distintas culturas; sin embargo, nuestro lenguaje corporal puede variar ante determinadas culturas. No obstante, somos capaces de empatizar o rechazar a personas que nos transmiten ciertas emociones. Y lo hacemos con relativa facilidad y rapidez.

Las expresiones de la cara son universales, es decir, una expresión de sorpresa es la misma en distintas culturas. Estas son también involuntarias, no se hacen a propósito.

Sin embargo, las mismas expresiones faciales se pueden hacer deliberadamente (acordémonos de la sonrisa) lo que nos puede llevar a que una cara nos engañe. Todo el  mundo puede hacer una sonrisa pero hay unas diferencias muy sutiles que se pueden mostrar entre una verdadera sonrisa de disfrutar y una sonrisa social que es la que tenemos que poner cuando en realidad no estamos disfrutando.

Pero en algunos momentos podemos ser muy buenos, como ocurre con los actores: un buen actor consigue llegar a identificarse con el papel que interpreta, y mientras lo está interpretando su expresión es la misma que si lo estuviese viviendo. Esto sucede con los buenos actores y es por esto que nos llegan a emocionar. Aristóteles dijo que nos emocionamos cuando vemos la tragedia y llegamos a tener miedo porque lo que no ves es una representación simbólica sino que estamos viendo a unos actores que en realidad son capaces de generarlo.

* Las emociones nos dominan. El legado genético que hemos heredado determina nuestras reacciones ante situaciones concretas. Son las emociones innatas. Sin embargo a lo largo de nuestra vida también aprendemos a emocionarnos ante determinados estímulos y éstos quedan grabados en nuestro cerebro. Es la memoria emocional. Un resorte que se activará en situaciones concretas. Con cada estímulo que desencadena una emoción se crean nuevas conexiones entre un grupo de células en nuestro cerebro. Es una especie de asamblea celular que retiene el aprendizaje emocional. El conjunto de todas estas asambleas celulares forma la base de datos que contiene todo lo que nos emociona y, aunque es fácil añadir datos, borrarlos es muy complicado. Por eso es tan difícil controlar totalmente nuestras emociones.

No obstante, hay una serie de capacidades (sobre las que hablaré en una entrada posterior) que podemos desarrollar para mantener cierto control ante nuestras emociones. Somos capaces de mantener cierto control porque sólo nuestro cerebro evolucionado es “consciente” de la emoción que está sintiendo. Las emociones en los humanos son consecuencias conscientes de procesos inconscientes.

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Emociones. Parte II.

De estas emociones primarias o básicas, pasamos a un nivel superior en las que se encuentran las emociones cognitivas primarias en las que se valora la situación que ha provocado la emoción primaria tras un convencimiento consciente. Es cuando, por ejemplo, alguien comprueba que la conversación que está teniendo con su jefe es positiva, pudiendo abrigar la esperanza de un aumento de sueldo, sintiendo en ese caso una emoción cognitiva primaria denominada satisfacción.

            Las emociones cognitivas primarias serían:

                        – En el caso del miedo: sentir una Amenaza o sentir una Angustia.

                        – En el caso de la ira: Disgusto o Frustración.

                        – En el caso de la tristeza: Decepción o Abatimiento, y

                        – En el caso de la alegría: Buen humor o Satisfacción.

            Pero las emociones no acaban aquí. El último paso que aparece son las emociones cognitivas secundarias en las que entra en juego las relaciones sociales, las expectativas y normas sociales en relación a la situación, que depende de la naturaleza del trasfondo cultural y de la experiencia personal. Por ejemplo, imagínese que un niño de 10 años interpreta con éxito una sonata para piano de Chopin. Tras la actuación su madre le elogia con fervor, con el orgullo consiguiente del niño. Esta situación y su expresión emocional la vemos lógica, ¿verdad? Sin embargo, si la misma situación se da en otro contexto cultural, digamos, por ejemplo, la cultura china, la madre le indicaría al niño que todavía debe practicar más, para evitar ciertos fallos cometidos, por lo que el niño se sentirá avergonzado. A pesar del mismo resultado, la valoración difiere y con ello, la reacción emocional.

            De este modo como ejemplos de emociones cognitivas secundarias podríamos hablar de:

            – En el caso de la emoción de Miedo: podría aparecer Vergüenza, Celos, Envidia.

            -En el caso de la emoción de Ira: Cólera o Desprecio.

            -En el caso de la Tristeza: Luto, y

            -En el caso de la Alegría: Amor o Suerte.

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Emociones. Parte I. Emociones primarias y básicas

De qué manera actúan las emociones- y cómo podemos apañárnoslas para controlarlas o ayudar a otros a controlarlas- quedará más claro con un análisis detenido de las cuatro emociones primarias: el miedo, la ira, la tristeza y la alegría.

 El miedo: Las reacciones físicas y mentales al miedo eran tan importantes para la supervivencia del hombre primitivo que hoy siguen siendo muy poderosas y duraderas. Por desgracia, esa respuesta adaptativa no es siempre la apropiada en el mundo actual. La evolución de nuestra civilización la ha apartado de la necesidad de reaccionar exageradamente, pero seguimos haciéndolo. Reaccionamos con desmedida de forma regular a los problemas de poca monta y ello puede hacer que nos suba la presión sanguínea, que se sufran enfermedades cardíacas, que se tenga migrañas,… El pánico y las fobias son manifestaciones también de un funcionamiento defectuoso del sistema nervioso. En cuanto aprendemos a tener miedo de algo, se nos programa el cerebro para recordar ese estímulo de la misma manera, y cuesta librarnos de nuestros miedos condicionados.

            La reacción de sobresalto es un buen ejemplo de un mecanismo adaptativo del miedo que a veces se descontrola. Un ruido fuerte, repentino, provocará en casi todo el mundo un sobresalto. Como este tipo de ruido se asocia a menudo al peligro, hay que ponerse de inmediato en estado de alerta y hacer que se segregue la adrenalina. Sin embargo, si un estímulo como un ruido fuerte se asocia repetidas veces con una situación peligrosa, habrá quienes desarrollen una reacción de sobresalto demasiado activa. Es frecuente en el síndrome de estrés postraumático. Quienes lo padecen se sobresaltan con facilidad y asiduamente.

            Las reacciones de miedo ante estímulos súbitos que pueden poner en peligro la vida son automáticas en casi todas las personas, pero muchas otras reacciones de miedo deben aprenderse. La mayoría nos asombramos, por ejemplo, de que parezca que los niños no tienen miedo a las alturas. Estudios recientes han hallado además que los cerebros de los adolescentes pueden no tener completamente desarrolladas las rutas razonadoras necesarias para calibrar el miedo como es debido. Aparentemente, hay un desplazamiento gradual del procesamiento emocional y cognoscitivo, de lo instintivo a lo cognoscitivo, a medida que el cerebro adolescente aprende y crece. Ese incremento de la sabiduría o de la activación de la corteza frontal puede ayudarlos a permanecer tranquilos en situaciones de estrés, pero también puede hacer que aprendan de sus padres o amigos miedos que no tenían.

 Por otro lado, el miedo, como el resto de emociones, se puede desear experimentar, como hablé en otra ocasión.

La ira: La segunda emoción universal es la ira. Todos experimentamos la ira en un momento u otro, y es fácil reconocerla en la cara de los demás. Aprender a controlarla es un paso natural e importante en el desarrollo del niño y sin embargo una de cada cinco personas experimenta accesos de ira que dirá que no puede controlar. En una confrontación acalorada, una persona puede sentir que su cerebro va demasiado deprisa, que tiene en cuenta todos los aspectos de la situación que está provocando su ira, e incluso cosas del pasado, lo que sirve para echar más leña al fuego. Sin la inhibición de la corteza frontal, los pensamientos tienen libertad para descontrolarse, y el individuo de inmediato se muestra sobreestimulado. Este “ruido” es muy difícil de superar de una manera racional. La corteza frontal es menos activa de lo que debiera; la función ejecutiva menos activa de lo normal, no está tan alerta, se abruma y luego le cuesta poner freno.

            El problema puede exacerbarse por una incapacidad de expresar los propios pensamientos y emociones. La verbalización de los pensamientos y sentimientos agresivos es el mejor antídoto contra la violencia. Sin embargo, la adicción a la agresividad es una forma de resolver los problemas y de aliviar su frustración, por lo que es muy difícil que una persona colérica cambie.

La tristeza: En el cerebro, la tristeza parece estar relacionada con un aumento de la actividad de la amígdala izquierda y de la corteza frontal derecha, y una disminución de la  actividad de la amígdala derecha y de la corteza frontal izquierda.

            Una tristeza prolongada puede causar una hiperactividad constante de la amígdala y de la corteza frontal. Cuando pasa eso, la tristeza puede desembocar en depresión, que se caracteriza más por un aturdimiento emocional que por un sentimiento intenso.

            La depresión puede caracterizarse por sentimientos de desesperación, culpa, indefensión y desesperanza. Los síntomas que pueden manifestar quienes la padecen son una capacidad menor para concentrarse, pero memoria, pérdida o ganancia de peso, fatiga, perturbaciones del sueño y pérdida de interés en las actividades diarias, entre otros.

La alegría: ¿Cómo experimentamos la alegría? Es tanto la experiencia fisiológica del cariño y satisfacción como la apreciación cognoscitiva de que las cosas son como deberían ser. Alegría, felicidad, placer son su propio incentivo; son lo que hace que la supervivencia y la propagación de las especies merezca la pena. Los neurotransmisores y las endorfinas desempeñan un papel importante en la percepción del placer.

            No toda alegría se debe a estímulos físicos. Nos sentimos felices cuando se nos elogia, nos encontramos un billete o acabamos un rompecabezas. Estos estímulos echan a rodar la bola del placer al suscitar la segregación de un chorrito de dopamina, serotonina y oxitocina en los centros del placer.

            Una de las emociones más alegres es la risa, pero es difícil explicar su neuroquímica. Nos reímos cuando algo nos causa la impresión de ser divertido, pero también cuando estamos nerviosos y, a veces, solo porque se están riendo otros. La risa deriva de la emoción primaria de la alegría, pero confunde un poco por lo muchas y variadas que son las circunstancias que la provocan.

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Niveles de consciencia

Lo mismo que usamos distintos tipos de músculos para diferentes actividades (estar acostado, estar sentado, estar caminando, subir o bajar escaleras), también hay distintos niveles de consciencia.

Imaginémonos que esta mañana hemos cogido el coche para ir a trabajar y hemos venido por la misma carretera de siempre; sin embargo, si nos ponemos a pensar quizás no nos acordemos de haber pasado por cierto túnel, haber cogido tal rotonda, y no obstante hemos llegado al trabajo sanos y salvos, no nos hemos salido de la carretera ni hemos tenido un percance. Hemos actuado automáticamente y lo hemos hecho bien, y sin embargo no somos conscientes en parte de ello. Y digo en parte, porque sabemos que no es un sueño ni que estábamos dormidos, somos conscientes de que hemos hecho una actividad, pero no plenamente conscientes como cuando cogimos el coche por primera vez o realizamos el recorrido por la carretera por primera vez.

Dentro de los niveles de alteración de la consciencia podemos hablar, de mayor a menor, de: coma, sopor, confusión y obnubilación.

a)                  El coma es el grado máximo de alteración de la consciencia. No hay ninguna reacción motora ni esbozo de alerta. Solamente hay reflejos.

En el hospital, los profesionales pueden ver necesario provocar un coma inducido, un coma con fármacos. No es un coma en sí, ya que si se le quita la medicación la persona empieza a responder a estímulos, pero si puede ser necesario en ciertos momentos durante el ingreso.

b)         El sopor es el estado de alteración de la consciencia en el que la persona no tiene actividad psíquica, solo es capaz de reaccionar a ciertos estímulos y dependiendo del grado se habla de :

  • “sopor profundo”: reacciona vagamente a algún estímulo táctil profundo, permaneciendo inmóvil si no hay tal estímulo.
  •  “sopor mediano”: no reacciona a estímulos sensoriales, pero reacciona si se le pincha pudiendo localizar vagamente el estímulo.
  • “sopor superficial” cuando hay reactividad a estímulos sensoriales. Generalmente está inmóvil pero a veces se le debe contener para que no caiga de la cama. Suele tener los ojos cerrados pero cuando se le llama con voz fuerte abre los ojos, a veces fija la mirada, y obedece alguna orden como levantar un brazo o sacar la lengua. Ocasionalmente es capaz de decir su nombre o contestar con una palabra. En cuanto deja de ser estimulado cierra los ojos.

c)                  La confusión se caracteriza por una desorientación y una conducta inapropiada, puede alterarse el sueño y se  muestra agitado.

La persona no reconoce estar enfermo, no sabe de fecha o de lugar. Puede perder el pudor y el control de los esfínteres. Esta fase es muy frecuente en los pacientes con daño cerebral, cuando van “despertando” del coma, y puede durar más o menos tiempo. Un caso muy particular lo constituye el denominado “estado crepuscular” que es un estado mental en el que la conciencia está estrechada. Todo su afán está volcado en un solo propósito, se aísla del resto, está despierto pero solamente presta atención a lo más cercano y solo si interfiere con lo que está haciendo. También aparece una falta de recuerdo del tiempo que ha vivido en esa condición. No acepta modificar su conducta y tiende a repetir acciones una y otra vez, especialmente ir al baño una y otra vez, o solicitar nuevamente la comida que acaba de comer.

d)         La obnubilación se caracteriza por una lentitud motora, tanto en el habla como en el movimiento corporal. Responde correctamente y está orientado pero sus capacidades mentales están disminuidas.

Cuando la persona va recuperando poco a poco la consciencia pueden darse situaciones que pueden alarmar a las familias. La fase de confusión y los cambios sufridos en su imagen corporal en pacientes con hemiparesia (paralización de media parte del cuerpo) pueden ocasionar preocupación a los allegados.

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Sentidos y cerebro

Tendemos a cuidar los órganos de los sentidos, nuestros ojos, oídos,…; sin embargo descuidamos el cuidado de nuestro cerebro al respecto.

Todo lo que conocemos acerca del mundo nos llega a través de los sentidos. Tradicionalmente, se pensaba que tan sólo teníamos cinco de ellos—visión, audición, tacto, olfato y gusto—.

Actualmente, los científicos reconocen que tenemos muchas otras clases de sensaciones adicionales, tales como el dolor, la presión, la temperatura y la propiocepción. Las áreas cerebrales involucradas son llamadas áreas «somato sensoriales» y se incluyen dentro de lo que denominamos tacto.

Para analizar y procesar la información sensorial que llega de los órganos de los sentidos, lo primero que tiene que hacer el cerebro es traducir y codificar esa información (sonido, luz, olfato, calor, presión, gusto) a su propio lenguaje, es decir, convertirla en potenciales de acción (señales eléctricas) que la representen, que representen el mundo, del mismo modo que los puntos y rayas del código Morse representan los mensajes en el telégrafo.

Cualquiera que sea el modo por el cuál entra la información en el cerebro, el resultado final de la traducción es el mismo: la célula genera una señal eléctrica que viaja rápidamente a través de la densa espesura de conexiones de células nerviosas, presentes en el cerebro, haciendo llegar las noticias del mundo exterior en una lengua de tipo código Morse, que el cerebro puede entender.

El cerebro capta la información que le interesa mediante receptores sensoriales.

            Una vez hecha esa traducción, el cerebro analiza esos potenciales para interpretarlos y comprender su significado. Su estrategia para ello no consiste en procesar cada estímulo sensorial que recibe de un modo global, sino en desmenuzarlo y analizar simultáneamente y por separado sus diferentes características (brillo, color, movimiento, por ejemplo ante una imagen visual). Cada tipo de información sensorial se analiza y procesa en una parte diferente de la corteza cerebral que la desmenuza en sus características básicas, son las denominadas áreas primarias o de proyección. Sólo en la visión se conocen 30 zonas diferentes especializadas en extraer diferentes atributos de la escena visual: color, profundidad, movimiento,…

            Esta información desmenuzada se traslada después a áreas concretas de la corteza cerebral, llamadas áreas secundarias o de asociación, donde se relacionan las características para hacer posible su reconocimiento (“vía de qué”), es decir, para identificar su naturaleza e identidad, y donde se relacionan las características para hacer posible el lugar donde se encuentra el estímulo (“vía del dónde”).  De esta forma nos damos cuenta de que un objeto con una forma determinada, brillo, color,… es un guante, o de que un sonido determinado se corresponde con un teléfono móvil; y de que el guante se encuentra detrás del vaso, o el sonido a nuestra izquierda.

            Posteriormente este reconocimiento se relaciona con otras percepciones almacenadas en los sistemas de memoria del cerebro mediante las cuales hacemos valoraciones y juicios sobre lo percibido. Es cuando al reconocer el guante lo reconocemos como nuestro, o al oír el sonido de un teléfono móvil reconocemos si es el nuestro o no. Es en ese momento cuando respondemos a los estímulos, responder a la llamada, por ejemplo.

            Todo ello lo hacemos rápidamente. Apenas somos capaces de darnos cuenta de todo lo que el cerebro tiene que realizar para poder percibir su entorno y responder posteriormente.

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Cualquier emoción se puede disfrutar, incluso el miedo.

Cualquier emoción se puede desear experimentar.

Todos conocemos personas que disfrutan incluso con las emociones negativas. Por ejemplo, hay personas que les gustan leer novelas que les hagan llorar o quieren ir a ver películas que les hagan llorar.

Hay otros a los que les gusta sentir miedo, disfrutan con las películas de suspense aunque son conscientes de que no implica ningún peligro o riesgo. Es como un ejercicio emocional.

Hay otros a los que les gusta sentirse enfadados y ven películas como Rocky o películas de boxeo. Hay muchos niños que les gusta sentir asco, hay toda una industria que fabrica juguetes asquerosos con olores desagradables para niños y también hay adultos a los que les gusta sentir asco, pensemos en la fiesta de halloween, por ejemplo.

 Hay gente a la que no le gustan las sorpresas y si les organizas una fiesta sorpresa te dicen: “No se te ocurra volverlo a hacer. No me gustan las sorpresas, me gusta saber qué es lo que va a pasar”.

La sorpresa es la emoción más corta, porque sólo podemos estar sorprendidos hasta que sabemos de qué lo estamos. Siempre se trata de algo inesperado y después se puede estar o aliviado o divertido o con miedo. Muy a menudo se siente miedo porque a menudo las cosas inesperadas nos suponen una amenaza.

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Aprendizaje y memoria

Antes de tener constituida una memoria debe haberse realizado un aprendizaje previo relativo al recuerdo que queremos evocar. Sin embargo, estos dos términos son difíciles de separar puesto que pertenecen al mismo proceso, y muchas veces se confunden. Eso no implica que no puedan observarse diferencias. Así, por ejemplo: Hay personas que tras una lesión cerebral, aprenden una nueva tarea y sin embargo no recuerdan haberla aprendido, no tienen conciencia de haber realizado esa tarea con anterioridad; y en cambio otros, tienen dificultades para aprender algo nuevo aunque saben que lo llevan intentando mucho tiempo.

            El aprendizaje, lo mismo que la memoria, no es único. No existe un solo aprendizaje, lo mismo que no existe una sola memoria.

            Las rutas neuronales que controlan las funciones básicas necesarias para nuestra supervivencia (los latidos cardíacos, el control de la temperatura, la respiración,…) están conectadas ya al nacer, pero muchas más rutas están determinadas por el mayor factor medioambiental de nuestras vidas: el aprendizaje. Aunque puede que la flexibilidad del cerebro disminuya con la edad, seguirá siendo plástico toda la vida, y se irá reestructurando con lo que aprenda.

            Aprender implica un proceso a través del cual se adquieren o modifican habilidades, destrezas, conocimientos, conductas o valores como fruto del estudio, la experiencia, la instrucción, el razonamiento y la observación.

            Podemos dividir el aprendizaje en dos tipos diferentes: por un lado estaría el aprendizaje implícito, aquel tipo de aprendizaje que ha sido en cierta medida inconsciente, como por ejemplo, la imitación,  y, por otro lado, el aprendizaje explícito, aquel en el que se ha puesto una intención como por ejemplo en el estudio.

            Recuerdo una ocasión en la que observando detenidamente un vídeo, me dí cuenta de la curiosa semejanza entre mis gestos y los de mi madre, ¿cuándo lo copié?, ¿Cuántas cosas he aprendido sin llegar a ser consciente de ello?.

¿En realidad podemos aprender sin ser conscientes de ello? Seguramente para respondernos a nosotros mismos esta pregunta necesitaríamos coger una grabadora y un espejo para que nos acompañaran durante algunos días. Sólo así podríamos darnos cuenta de que numerosos comportamientos aprendidos quedan fuera de nuestra consciencia. Observaríamos cómo nuestra forma de hablar es muy diferente según a quien nos dirijamos (los más cercanos a veces no salen bien parados), cómo nuestro rostro adopta gestos muy particulares en cada situación, alguno de nosotros descubriría que grita cuando habla por teléfono (y a los extranjeros también),… en fin, quizá no sea buena idea esto del espejo y la grabadora.

Busquemos ejemplos que nos sonrojen menos. Cualquiera de nosotros aprendió antes de acudir al colegio que para conjugar tiempos verbales en futuro debe asignar una desinencia bastante similar independientemente del verbo que se quiera poner en futuro (vendrá, sabrá, tendrá…) y que esta desinencia es bastante diferente a la que debemos utilizar si queremos conjugar verbos en un tiempo condicional (gustaría, podría, olvidaría). Obviamente, ninguno de nosotros aprendió conscientemente estas reglas: fue la experiencia de escucharlas y producirlas la que nos permitió adquirirlas sin propósito por nuestra parte y sin consciencia de estar incurriendo en su aprendizaje.

Hacia la misma edad, la mayoría aprendió a mantener el equilibrio sobre una bicicleta, pero en el colegio sólo me explicaron aquello de los tiempos verbales, así que todavía nadie me ha desvelado en realidad cómo aprendí a montar en bicicleta. Recuerdo el intento de aprender, ¿pero qué hice (y qué hago) exactamente para no caerme?

Saliendo de la infancia, podríamos sorprendernos si nos paramos a pensar cuántas opiniones o afectos hacia otras personas, presagios o presentimientos, se desarrollan sin que podamos explicar sus causas. ¿Por qué alguien nos puede resultar agradable o desagradable a los escasos segundos de conocerlo? ¿Cómo se decide comenzar a salir con alguien? De nuevo, nuestra experiencia previa nos influye pero no somos conscientes de esa influencia.

En definitiva, nuestra vida cotidiana está colmada de numerosos ejemplos de este tipo, e incluso más complejos, que revelan cómo gran parte de nuestra conducta y de nuestro conocimiento procede de aprendizajes inconscientes. Es decir, comportamientos y conocimientos aprendidos sin intención de aprenderlos, sin que fuéramos conscientes de estar aprendiéndolos cuando los adquirimos, y sobre los que incluso actualmente podemos no tener consciencia de poseerlos. Caminar, hablar, saltar, vestirnos, asearnos, andar en bicicleta, jugar a la peonza o al yo-yo, cruzar una calle, e incluso hacer amigos. Todo lo aprendemos de una manera más o menos inconsciente.

Hay otros aprendizajes que son explícitos, es decir tienen una intención, son aquellos aprendizajes que tienen relación, por ejemplo, con el estudio. Estos aprendizajes son más conscientes y por ello podemos darnos cuenta de que nos cuesta aprender unas cosas más que otras, del tiempo que necesitamos, de nuestras dificultades y nuestras habilidades. Es el aprendizaje que podemos considerar académico. Este requiere de una intención, presupone una motivación, es un aprendizaje consciente.

Nuevamente, debemos llegar a ser más conscientes, para un mayor conocimiento de nosotros mismos.

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«Ser consciente»: la autoconsciencia

Antes que nada, la consciencia nos permite darnos cuenta de nuestra propia existencia, de que somos un ente pensante ubicado en los límites físicos de un cuerpo. Somos, en primera instancia, una mente en un cuerpo del que depende esa misma mente. Pero lo más sorprendente es que la consciencia nos permite ser conscientes de ella misma, es decir, ser conscientes de que somos conscientes y poder reflexionar sobre nuestra propia mente y nuestros propios pensamientos. Es la facultad conocida como autoconsciencia o metaconsciencia, probablemente un privilegio de nuestra especie que multiplica el poder de la mente.

La autoconsciencia hace que, por ejemplo, una persona que siente dolor pueda estar preocupada por ese dolor y sus consecuencias, o que quien pierde la memoria pueda pensar que podría tener la enfermedad de Alzheimer. Difícilmente tendríamos esos miedos si no tuviésemos la capacidad de poder reflexionar sobre nuestros propios pensamientos y sentimientos.

Pero esa autoconsciencia que tenemos de nosotros mismos, ¿es estable o cambia?

 Todos sabemos que, por ejemplo, la imagen corporal que tenemos de nosotros mismos puede cambiar por estados emocionales llegando incluso a situaciones patológicas como la anorexia o la bulimia, consecuencia de una distorsión de nuestra imagen corporal. Pero, ¿qué ocurre cuando la imagen corporal que tenemos de nosotros mismos no se corresponde con la información que recibimos, por ejemplo, al despertar de un estado de coma tras un derrame cerebral?, ¿qué hace que no reconozcamos partes del cuerpo como nuestro?

Un aspecto crítico de la autoconsciencia es el sentido que tenemos de estar ubicados en los límites físicos de nuestro propio cuerpo. La propia mente es quien crea ese sentimiento. La percepción que tenemos de nuestro cuerpo es extraordinariamente coherente, de tal modo que hay una gran correspondencia entre todo lo que notamos acerca del mismo, de cómo lo vemos, lo que sentimos al tocarlo, dónde y cómo sentimos cada una de las partes. Ahora sabemos que esa integración multisensorial es necesaria para que tengamos un sentido general y unitario de nuestro cuerpo y para que sintamos que cada una de sus partes nos pertenece. Más aún, el cerebro es capaz de hacer representaciones momentáneas o transitorias de nuestro cuerpo que incluyen cosas externas ligadas a él aunque no pertenezcan al mismo, como la ropa o el reloj.

Pensemos en lo que ocurre cuando cerramos los ojos y gesticulamos con nuestro cuerpo. Tenemos una viva sensación de nuestro cuerpo, de la posición de nuestros miembros y de sus movimientos. La “imagen corporal” es la imagen interna y el recuerdo del propio cuerpo en el espacio y el tiempo. Para crear y mantener esta imagen corporal en cualquier momento dado, una parte de nuestro cerebro combina la información de múltiples fuentes: los músculos, las articulaciones, los ojos y los centros que controlan el movimiento.

Sin embargo, nuestra propia imagen corporal es muy maleable y se puede alterar radicalmente en tan sólo unos segundos. Se han realizado experimentos que demuestran esta situación.

Imaginémonos que nos sientan en una silla con los ojos vendados y que otra persona se sienta delante de nosotros mirando en la misma dirección. Si alguien cogiese nuestra mano derecha y tocase de manera rítmica la nariz de la persona que tengo delante mientras que a su vez esa persona con su mano tocase mi nariz con el mismo ritmo y al mismo tiempo, perfectamente sincronizados, es posible que al cabo de un tiempo tenga la sensación de que mi nariz ha crecido unos cuantos centímetros.  

 

Esta es una ilusión, pero ¿a qué se debe? La información que recibe nuestro cerebro es que los toques en la nariz  están perfectamente sincronizados con la sensación que tengo en los dedos de mi mano. Si son idénticas la explicación más probable es que mi dedo está tocando mi nariz. Pero también percibo que mi mano está a una distancia grande de mi cara. Por lo tanto, mi nariz también tiene que estar lejos. Este experimento puede funcionar aproximadamente en la mitad de los casos pero lo realmente importante es que llegue a funcionar una sola vez: que con solo unos segundos de estimulación adecuada se pueda negar el conocimiento seguro de que uno tiene una nariz normal, la imagen de nuestro cuerpo y  nuestra cara que hemos ido construyendo a lo largo de toda una vida.

Piensen en lo que esto significa. Durante toda la vida, uno va por ahí dando por supuesto que su “yo” está anclado a un único cuerpo, que se mantiene estable y permanente hasta la muerte. Sin embargo, nuestra imagen corporal, por muy permanente que parezca, es una construcción interna totalmente transitoria, que se puede modificar considerablemente con unos cuantos trucos sencillos. No es más que una envoltura que uno ha creado provisionalmente para poder transmitir sus genes a su descendencia.

La consciencia que tenemos de nosotros mismos se crea en la medida que hay una retroalimentación activa. Nuestro propio cuerpo es un fantasma, un fantasma que nuestro cerebro ha construido temporalmente, por pura conveniencia, y que requiere de la retroalimentación para mantenerse.

Si tenemos intención de mover una mano y proponemos una orden, vemos como la mano se mueve. Hay muchos estímulos que nos hacen reconocer partes de nuestro cuerpo, aunque hayamos tenido que aprender a no prestar atención a casi ninguno de esos estímulos, como el roce de la ropa en la piel (aspecto que también puede alterarse tras una lesión cerebral).

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Cerebro Plástico

Actualmente está muy de moda los mapas del cerebro. Sin embargo, las neuronas compiten constantemente por hacer nuevas conexiones. Se han dibujado muchos mapas que emparejan cada región del cerebro con la función que controla: un área para el habla, otra para las destrezas espaciales, etc. No obstante, los cambios en las señales medioambientales que se reciben modifican continuamente las fronteras. Es decir, cada uno de nosotros tendría un mapa preciso del cerebro diferente, que además iría cambiando con el tiempo. Las conexiones que reciban señales de partes frecuentemente usadas del cuerpo se expandirán y se quedarán con una zona mayor que las que reciban señales de partes de uso infrecuente. Pero hay más, el cerebro es muy plástico, y cambiante, de tal modo que nuevos aprendizajes pueden conllevar cambios en las conexiones neuronales.

La capacidad del cerebro de modificar sus conexiones significa, en un principio, que puede recuperarse de las lesiones que sufra.

Es asombrosa la plasticidad del cerebro. En el pasado se creía que las dificultades ocasionadas por las lesiones cerebrales eran permanentes; una vez moría una región del cerebro, la función que controlaba desaparecía para siempre. Actualmente, sabemos que la reconexión es posible a lo largo de toda la vida. Es una buena noticia para las personas que sufren pérdidas funcionales tras una lesión a nivel cerebral. Lo que sí ocurre es que tardan en formarse y fortalecerse nuevas conexiones. Las personas que tras una lesión cerebral pierden la capacidad de hablar, circuitos vecinos o neuronas de zonas no dañadas intentan hacerse cargo de la función perdida y la compensan. Estas nuevas zonas serán menos eficientes para el lenguaje, con lo que su habla nunca será natural o fácil, pero será, y con ello tendrá la posibilidad de comunicarse.  Por ello es tan importante conocer cómo funciona nuestro cerebro, ya que podríamos necesitar desarrollar nuevas conexiones para suplir posibles pérdidas funcionales.

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¿Para qué sirven las emociones?

Las emociones no son caprichos de la naturaleza, sino que cumplen funciones de máxima significación.

En primer lugar, como evaluación rápida de los estímulos ambientales para hacernos cargo de la situación; en segundo lugar, como preparación y para la motivación de las acciones (cuando tenemos miedo, podemos huir porque aumenta la circulación y la tensión muscular); en tercer lugar, como formas típicas de expresión, que señalan a otros su disposición a la acción (si alguien nos sonríe, sabemos que la persona tiene la intención de ser amable con nosotros); y, en cuarto lugar, para el control de las relaciones sociales.

Este último aspecto es importante para un desenvolvimiento adecuado en sociedad. Las emociones complejas determinan el marco para la acción correcta. Mediante las emociones evaluamos las situaciones, y regulamos, motivamos y coordinamos los comportamientos. Se trata de un factor indispensable en la vida cotidiana. Lo sabemos por experiencia, si el procesamiento emocional está perturbado o alterado, las consecuencias resultan fatales.

Experimentamos emociones cuando sentimos que algo importante nos está sucediendo o puede suceder.

 Gracias a la reacción emocional, nuestro cuerpo y nuestra mente se preparan automática e involuntariamente para responder a esta situación de la mejor manera posible. El miedo, por ejemplo, tonifica nuestros músculos para correr con más fuerza y enfoca nuestra mente sólo hacia la fuente del peligro o hacia las posibles vías de escape excluyendo todo lo demás. La alegría ante un hecho positivo nos condiciona a intentar repetir esa situación favorable en el futuro, y la repugnancia nos impide comer alimentos en putrefacción por más que estemos famélicos evitando así una infección.

Las emociones afectan nuestra manera de ver y pensar el mundo. Está demostrado que las emociones influyen en la cognición. Veamos cómo.

Atención: Suele decirse que las emociones nos distraen, sin embargo, su efecto es justo el contrario, las emociones nos apartan de un pensamiento determinado sólo para hacernos prestar atención a otro que emerge como más importante.

Razonamiento: Creemos que las emociones son perjudiciales a la hora de tomar decisiones. Sin embargo, algunas decisiones podrían tornarse en disquisiciones eternas (como cuando no sabemos que ropa ponernos), en estos casos resulta más eficaz que intervengan las emociones para poder ser expeditivos.

Memoria y Aprendizaje: Nuestro cerebro no está hecho para recordar el 100% de lo que se nos presenta, en este caso las emociones intervienen en la memoria como un criterio exterior para determinar qué datos recordar.

Hemos visto la importancia que tienen las emociones no sólo en el contacto social sino también en nuestro propio desarrollo mental. Incluso ya no se habla exclusivamente de capacidad intelectual o inteligencia sino de la denominada Inteligencia Emocional. Las emociones ocupan un lugar importante en nuestras vidas. Son esenciales en el desarrollo y constitución de nuestra personalidad, son importantes para el aprendizaje y otras capacidades cognitivas, nos ayudan en nuestra interacción social.

Hoy en día ya no convivimos con fieras salvajes pero estamos habituados a coches que parecen conducidos por bestias. Necesitamos emociones no sólo para sobrevivir al tránsito de la ciudad sino también para tomar ciertas decisiones de manera eficaz, para comunicarnos y comprender a otras personas y en definitiva para asegurar la transmisión de nuestros genes.

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