Aprendizaje y memoria

Antes de tener constituida una memoria debe haberse realizado un aprendizaje previo relativo al recuerdo que queremos evocar. Sin embargo, estos dos términos son difíciles de separar puesto que pertenecen al mismo proceso, y muchas veces se confunden. Eso no implica que no puedan observarse diferencias. Así, por ejemplo: Hay personas que tras una lesión cerebral, aprenden una nueva tarea y sin embargo no recuerdan haberla aprendido, no tienen conciencia de haber realizado esa tarea con anterioridad; y en cambio otros, tienen dificultades para aprender algo nuevo aunque saben que lo llevan intentando mucho tiempo.

            El aprendizaje, lo mismo que la memoria, no es único. No existe un solo aprendizaje, lo mismo que no existe una sola memoria.

            Las rutas neuronales que controlan las funciones básicas necesarias para nuestra supervivencia (los latidos cardíacos, el control de la temperatura, la respiración,…) están conectadas ya al nacer, pero muchas más rutas están determinadas por el mayor factor medioambiental de nuestras vidas: el aprendizaje. Aunque puede que la flexibilidad del cerebro disminuya con la edad, seguirá siendo plástico toda la vida, y se irá reestructurando con lo que aprenda.

            Aprender implica un proceso a través del cual se adquieren o modifican habilidades, destrezas, conocimientos, conductas o valores como fruto del estudio, la experiencia, la instrucción, el razonamiento y la observación.

            Podemos dividir el aprendizaje en dos tipos diferentes: por un lado estaría el aprendizaje implícito, aquel tipo de aprendizaje que ha sido en cierta medida inconsciente, como por ejemplo, la imitación,  y, por otro lado, el aprendizaje explícito, aquel en el que se ha puesto una intención como por ejemplo en el estudio.

            Recuerdo una ocasión en la que observando detenidamente un vídeo, me dí cuenta de la curiosa semejanza entre mis gestos y los de mi madre, ¿cuándo lo copié?, ¿Cuántas cosas he aprendido sin llegar a ser consciente de ello?.

¿En realidad podemos aprender sin ser conscientes de ello? Seguramente para respondernos a nosotros mismos esta pregunta necesitaríamos coger una grabadora y un espejo para que nos acompañaran durante algunos días. Sólo así podríamos darnos cuenta de que numerosos comportamientos aprendidos quedan fuera de nuestra consciencia. Observaríamos cómo nuestra forma de hablar es muy diferente según a quien nos dirijamos (los más cercanos a veces no salen bien parados), cómo nuestro rostro adopta gestos muy particulares en cada situación, alguno de nosotros descubriría que grita cuando habla por teléfono (y a los extranjeros también),… en fin, quizá no sea buena idea esto del espejo y la grabadora.

Busquemos ejemplos que nos sonrojen menos. Cualquiera de nosotros aprendió antes de acudir al colegio que para conjugar tiempos verbales en futuro debe asignar una desinencia bastante similar independientemente del verbo que se quiera poner en futuro (vendrá, sabrá, tendrá…) y que esta desinencia es bastante diferente a la que debemos utilizar si queremos conjugar verbos en un tiempo condicional (gustaría, podría, olvidaría). Obviamente, ninguno de nosotros aprendió conscientemente estas reglas: fue la experiencia de escucharlas y producirlas la que nos permitió adquirirlas sin propósito por nuestra parte y sin consciencia de estar incurriendo en su aprendizaje.

Hacia la misma edad, la mayoría aprendió a mantener el equilibrio sobre una bicicleta, pero en el colegio sólo me explicaron aquello de los tiempos verbales, así que todavía nadie me ha desvelado en realidad cómo aprendí a montar en bicicleta. Recuerdo el intento de aprender, ¿pero qué hice (y qué hago) exactamente para no caerme?

Saliendo de la infancia, podríamos sorprendernos si nos paramos a pensar cuántas opiniones o afectos hacia otras personas, presagios o presentimientos, se desarrollan sin que podamos explicar sus causas. ¿Por qué alguien nos puede resultar agradable o desagradable a los escasos segundos de conocerlo? ¿Cómo se decide comenzar a salir con alguien? De nuevo, nuestra experiencia previa nos influye pero no somos conscientes de esa influencia.

En definitiva, nuestra vida cotidiana está colmada de numerosos ejemplos de este tipo, e incluso más complejos, que revelan cómo gran parte de nuestra conducta y de nuestro conocimiento procede de aprendizajes inconscientes. Es decir, comportamientos y conocimientos aprendidos sin intención de aprenderlos, sin que fuéramos conscientes de estar aprendiéndolos cuando los adquirimos, y sobre los que incluso actualmente podemos no tener consciencia de poseerlos. Caminar, hablar, saltar, vestirnos, asearnos, andar en bicicleta, jugar a la peonza o al yo-yo, cruzar una calle, e incluso hacer amigos. Todo lo aprendemos de una manera más o menos inconsciente.

Hay otros aprendizajes que son explícitos, es decir tienen una intención, son aquellos aprendizajes que tienen relación, por ejemplo, con el estudio. Estos aprendizajes son más conscientes y por ello podemos darnos cuenta de que nos cuesta aprender unas cosas más que otras, del tiempo que necesitamos, de nuestras dificultades y nuestras habilidades. Es el aprendizaje que podemos considerar académico. Este requiere de una intención, presupone una motivación, es un aprendizaje consciente.

Nuevamente, debemos llegar a ser más conscientes, para un mayor conocimiento de nosotros mismos.

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Acerca de Myriam Moral-Rato

Comencé mi andadura en el campo de las Neurociencias en el año 1991 y desde entonces no ha dejado de apasionarme este campo. Quisiera compartir con vosotros la pasión por conocernos a nosotros mismos, por indagar y experimentar qué hace nuestro cerebro para permitirnos desarrollar tantas actividades como nos propongamos. ¿Alguna vez nos hemos parado a pensar qué hace nuestro cerebro para por ejemplo poder leer estas líneas: poder verlas, distinguirlas, leerlas y comprenderlas? ¿Y, qué debe hacer nuestro cerebro para poder recordarlas? El trabajo desempeñado como neuropsicóloga me ha permitido observar los cambios que se generan tanto en la persona que sufre un daño cerebral, como en sus allegados y en su entorno, a todos los niveles. ¿Cómo afectaría a nuestra vida si nuestro cerebro no nos permitiese funcionar adecuadamente: podríamos ir al cine, podríamos conducir, podríamos salir solos de casa, o trabajar y estudiar,…? Y si fuese así, ¿cómo saber qué es lo que falla, como poder solucionarlo o paliarlo, cómo poder mejorar nuestra calidad de vida? ¿Y, cómo pueden ayudarme o comprendernos los demás?
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