Nuestras emociones a prueba. Hacia un último deseo

Una de las situaciones más dolorosas, en cuanto a emociones se refiere, es la pérdida de un ser querido. Todos o la mayoría de nosotros hemos experimentado, en nuestras propias carnes, lo que significa pasar por un duelo. Pero y ¿si esa muerte es anunciada?, ¿qué ocurre en nuestras emociones cuando, normalmente, un servicio médico nos informa de que, nosotros o un familiar cercano, tenemos una enfermedad con un pronóstico negativo, con una posible esperanza de vida corta?

Nuestra primera reacción sería Negarlo. ¿Cómo va a ser posible eso?, lo que puedo estar notando no puede ser para tanto, ¿se habrán equivocado?, equivocarse es normal, ¿no?,…

una vez que nos cercioramos de que realmente tenemos una enfermedad y nuestra esperanza de vida es corta, comenzamos a hacernos preguntas. ¿Por qué me ha tenido que pasar a mí?, Yo quería…., yo tenía pensado…., nuestra familia iba a ….Todos nuestros planes, ilusiones, proyectos,…comienzan a desmoronarse, a desvanecerse como un castillo de arena cuando pierde su solidez. Ahí, nuestras emociones y personalidad comienzan a emerger. Lo que experimentemos en este momento tendrá mucho que ver con la forma en que nos habíamos enfrentado antes a otros problemas o situaciones de nuestro propio ciclo vital (cuando suspendimos un examen, cuando nos enfadamos con un amigo, cuando rompimos con aquella pareja, cuando no conseguimos ese empleo,…) Pataleamos, lloramos, odiamos, destrozamos,… a veces sin darnos cuenta, o más bien nos encontramos en una forma de serenidad y paz que nunca antes habíamos experimentado, como una parada de pensamiento.

Una vez que nuestro castillo se ha derrumbado y Asimilamos la situación enfrentándonos a ella (esta fase puede durar mucho tiempo), aún nos queda experimentar una última emoción, quizá la más difícil, Aceptar nuestro destino.

El aceptar lo que probablemente va a ocurrir no significa dejarse llevar. Es ser capaz de darse cuenta de que, dentro de nuestro propio final, tenemos la oportunidad de poder despedirnos de nuestros seres queridos, de dejar nuestro legado, de decir todo lo que nos gustaría dejar y decir a aquellos que nos han acompañado, de no sólo desear que nos dejen morir con dignidad sino de ser dignos hasta el final. Es una oportunidad que nos brinda la vida. Si la muerte nos viniese repentinamente (como sucede en un accidente) o tras muchos años de vida, es posible que nunca hubiésemos dejado esos sentimientos y emociones a las personas que más nos han importado en nuestra vida. Significa expresar, significa dar gracias, significa emociones de afecto, cariño, amor, en definitiva PazEs aceptar el dolor como parte de la muerte, pero fortalecernos con momentos que creen unos recuerdos de satisfacción y alegría entre los que nos rodean, de que el recuerdo perviva entre nuestros seres queridos.

Llegar a esta fase es difícil y complicado, pero ¿no merece la pena?

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Acerca de Myriam Moral-Rato

Comencé mi andadura en el campo de las Neurociencias en el año 1991 y desde entonces no ha dejado de apasionarme este campo. Quisiera compartir con vosotros la pasión por conocernos a nosotros mismos, por indagar y experimentar qué hace nuestro cerebro para permitirnos desarrollar tantas actividades como nos propongamos. ¿Alguna vez nos hemos parado a pensar qué hace nuestro cerebro para por ejemplo poder leer estas líneas: poder verlas, distinguirlas, leerlas y comprenderlas? ¿Y, qué debe hacer nuestro cerebro para poder recordarlas? El trabajo desempeñado como neuropsicóloga me ha permitido observar los cambios que se generan tanto en la persona que sufre un daño cerebral, como en sus allegados y en su entorno, a todos los niveles. ¿Cómo afectaría a nuestra vida si nuestro cerebro no nos permitiese funcionar adecuadamente: podríamos ir al cine, podríamos conducir, podríamos salir solos de casa, o trabajar y estudiar,…? Y si fuese así, ¿cómo saber qué es lo que falla, como poder solucionarlo o paliarlo, cómo poder mejorar nuestra calidad de vida? ¿Y, cómo pueden ayudarme o comprendernos los demás?
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